La vocación de la docencia

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Amor al cubo + Incremento a la autoestima del alumno al cuadrado + Conocimiento =          Aprendizaje Significativo

Enrique Alonso Nájera

 

Las primeras personas a quienes dí lecciones de matemáticas fueron compañeras de clases de mis hermanas.  A una le dí álgebra básica, productos notables y factorizaciones, y a la otra geometría analítica.  Afortunadamente, salieron bien de sus apuros.  Pero ellas fueron mis primeros pininos en este camino que me ha definido desde hace 25 años, justo recién egresado del bachillerato en Centro Universitario México, el CUM.

Es justo decir que fueron maestros de esta etapa quienes me ayudaron a definir mi carrera universitaria, ingeniería mecánica, y mi vocación, la docencia.

Es justo homenajearlos en este país, en un momento particularmente complicado debido a la pandemia derivada del virus SARS COV2.  En su momento, no valoramos sus esfuerzos hasta mucho tiempo después, porque no se trataba sólo de colectar conocimiento para regurgitarlo en un prueba.  Las cuales, por cierto, en las materias del área físico-matemáticas, eran 100% problemas, ejercicios, sin nada de alternativas de otro tipo de reactivos como ahora exigen las autoridades actuales y su “modernas estrategias pro-aprendizaje”.  Y la realidad, era que los estudiantes sí aprendían.

   

Excelentes maestros y profesores durante mi educación en el bachillerato

Es pasado el tiempo cuando vamos entendiendo que el valor de los profesores no es tanto en la enseñanza de la clase del día, sino muchos años después, porque entendimos otro tipo de lecciones escondidas en su proceder.  El maestro de Física de IV año de bachillerato, Jesús López Téllez, era un gran aficionado a la astronomía y al fútbol; el de Temas Selectos de Matemáticas, Eugenio Fautsch, no nos trataba tal vez con mucho cariño pero era un excelente analista y gran platicador acerca de la realidad nacional, trayendo todos los días El Financiero a la mano y resaltaba el hecho de prepararse seriamente para el futuro complicado que podría venir y que sí ha llegado; la maestra de inglés, Julieta Rosenblum, sobreviviente de un campo de concentración en su natal Hungría, una metódica y perfeccionista lingüista; el I.Q. Constantino De Llano, profesor de Física en sexto, con quién aprendí bases increíbles de armaduras y de estática, y cuyas tareas yo hacía a otros compañeros para sacar una lana extra, y por último, de quien compartiré un poco más, el profesor de Cálculo Enrique Alonso Nájera.

Llamado también “Cachi”, por ser homónimo del famoso actor de cuentos infantiles, Enrique Alonso “Cachirulo”, el maestro Alonso fue un hombre destacado desde estudiante por ser muy solidario, a niveles en que pudo haber puesto en peligro su vida.  Ese afán de solidaridad, fue lo que lo llevo a ejercer la docencia, después de haber egresado de la facultad de Química de la UNAM.  Un poco más de su vida se puede leer en la entrada que un colega suyo en el Tec de Monterrey campus Toluca, escribió en su honor.

Por lo que respecto a mí, su curso de cálculo lo hice dos veces: una, durante el curso normal, y la segunda, en las vacaciones posteriores a mi salida del bachillerato, donde retomé los apuntes de todo el año para pasarlos en limpio y aprender mejor la asignatura, que es sin duda, la fundamental en la carrera de cualquier ingeniería, por aprender esa estupenda y maravillosa herramienta legada tanto por Isaac Newton como por Gottfried Leibnitz.  Sus clases siempre partían de colocarse en el nivel del estudiante, y por ello si bien algunos ejercicios que eran sencillos para algunos, tomaban un aire de novedad pues no abusaba de trucos ni de dar por sentado que el alumno ya sabía o debía saber ciertas cosas (como factorizaciones, propiedades de exponentes, u otros detalles que sí son importantes al resolver límites e integrales).  Pero lo mejor era lo que hacía por los alumnos para que éstos aprendieran, no en base en dar un conocimiento técnico y exacto, sino en destacar que la docencia es una actividad que se puede disfrutar, que la juventud también necesita ser escuchada y alentada, que una sonrisa en el aula puede inspirar a un joven desencantado.  Sin duda, fue el maestro más aplaudido cuando en la última clase, en una época donde sólo mi preparatoria era únicamente conformada por varones, le hicimos una valla y como coach campeón del súper tazón, chocamos su mano para despedirlo por su excelentísimo curso.

Es triste saber que hace años falleció producto de una cirrosis hepática y que no pudo conseguir un tratamiento adecuado que hubiera extendido su vida.  Sé que el CUM incluso organizó una kermesse para colectar fondos para él.  Por supuesto, las instituciones cambian: la escuela se hizo mixta, muchos maestros eventualmente dejaron de dar clases ahí y otros también no dejaron un recuerdo positivo.  Considero que al final, los celebramos y honramos cuando podemos contribuir con servir como eje fundamental de la vida.  Si la docencia permite servir a otros para que encuentren su camino, para que se descubran, para que ilusionen con amaneceres más claros y con vidas radiantes que siembren mejores ciudadanos, entonces, la docencia es un bendito sendero.

Con gratitud para todos mis maestros a lo largo de la vida.

 

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